martes, 12 de febrero de 2013

Esperas

Miré distraído a través del cristal de la ventana de nuestra habitación. Comenzaba a anochecer y unas sombras largas y doradas se derramaban  por el suelo de los baldosines blancos de la plaza, el aire caía aterciopelado y azul sobre las ruinas de la tronchada torre bruja y un ajetreo de transeúntes encendía la llamada de la noche. 
- Hace ya más de un mes que no sabemos nada de ella- dije, expresando al fin una preocupación que se había agarrado a mi sombra hacía varios días.
Intenté imaginármela otra vez caminando bajo la bóveda de unos extraños y hermosos árboles, encendiendo incienso ante una estatua imponente y oscura, tal vez escuchando tras una puerta cerrada, tal vez leyendo unas cartas que no le van dirigidas, o quizás siendo descubierta...
Me giré para mirar el silencio de Zo'ar, inquieto, la sola idea de que Versil la encontrara espiándole se me hacía insoportable. Y Elhéazar sólo leía, leía incansable aquellos pergaminos que habíamos robado de una de las bibliotecas más viejas del continente. Como si no me hubiera escuchado, como si no le importara. Sin embargo me constaba que la quería.
- ¿Ni siquiera las echas de menos?
Zo'ar levantó la mirada de los pergaminos y me atravesó con ella, oscura y densa.
- Irrelevante.- a veces me exasperaba.
- ¿Cómo que "irrelevante"? Nosotros la instamos para que le espiara. Prometió mantenerse en contacto y tú estás ahí tan tranquilo leyendo cuando hace más de un mes que no sabemos nada de ella.
- Es la segunda vez que lo dices, decirlo más no va a hacer que vuelva antes. -dijo volviendo a sumergirse en la lectura- Leer estos pergaminos tampoco, pero así me aseguraré de tener algo para cuando regrese.
Abrí la ventana y me acodé en el alféizar, aspiré la primera brisa de la noche, trayendo un olor a castaños y tormenta, pero la sensación desagradable que me habitaba el cuerpo no desaparecía.
"tengo un mal presentimiento"pensé.
- Tengo un mal presentimiento- dije pondiéndole de repente nombre en voz alta a mi ansiedad.
Elhéazar suspiró detrás de mi.
- Fuego está bien.- sus palabras sonaron firmes sobre el murmullo de los pergaminos al enrollarse.- No creo que Versil se atreva a hacerle nada... aún no. 
-¿Aún no?- me volví. Estaba metiendo sus cosas con cuidado dentro de su bolsa de viaje.- Al menos podrías disimular que me cuentas una mierda de todo lo que sabes.
- No es exactamente un conocimiento... sino más bien...- el tono de su voz estaba cargado de ironía, íbamos a acabar discutiendo- ¿Cómo lo dirías tu? una "corazonada", un "presentimiento".
- Lo dices como si nunca hubieras tenido un mal presentimiento.
- No, yo tengo sentimientos e intuiciones fundadas en algo, en algo que puedo explicar.
- ... casi siempre...- apostillé haciendo la mueca de una sonrisa.
No me contestó, metió las mudas limpias dentro de la bolsa y sacó su espada de debajo de la cama. Entonces me di cuenta de que seguramente estaba siendo cruel, a Zo'ar siempre le había disgustado reconocer que había cosas que no podían explicarse. Para él debía de ser como ponerlo a hacer equilibrismos al borde del abismo. Y desde que Fuego había aparecido en nuestras vidas lo inexplicable se había convertido en rutina.
A lo mejor si estaba preocupado y yo sólo estaba echándole más lecha al fuego. Lo evalué. Se había colgado la espada al cinto y ahora se echaba la capa sobre los hombros. La espada de su padre, sus libros, los pergaminos...
-¿A dónde vas?- inquirí paralizado por la sorpresa.
- A buscarla.- respondió, obvio, tranquilo mientras agarraba el pomo de la puerta. Pero aquella vez me pareció ver la blasfemia saltando detrás de su mirada.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Alianzas II

La hidra de therlore dejó caer su última cabeza sobre el cieno, salpicando a mis compañeros que apenas habían tenido tiempo de apartarse para no morir bajo su peso.
Fuego me miró intensamente, molesta quizás por la imprudencia, asombrada quizás por haberse retirado  a tiempo o, tal vez, asegurando mi posición y la muerte definitiva de la bestia. La observé darse la vuelta para mirar a Elhéazar que intentaba muy dignamente sacudirse el barro y la sangre de su capa, como si fuera el polvo de una minuciosa búsqueda entre libros en vez del resultado de una encarnizada lucha contra un enorme monstruo de tres cabezas.
Contuve la risa en un esfuerzo sobrehumano mientras me concentraba en buscar un lugar por el que deslizarme de la espalda del animal.

- Espera - oí la voz de Fuego instarle a Elhéazar y tuve que mirar.
Se había quedado muy quieto, evaluándola mientras ella intentaba quitarle un pegote de barro del pelo. Los ágiles dedos de la joven atraparon la viscosa y escurridiza masa de tierra y agua que se deslizó, inmediatamente, esquiva y traidora de su mano para ir a parar a la nariz del hechicero.
- Vaya...
- No, no, deja... - pero ya era demasiado tarde, la mano embarrada de Fuego se había posado en su cara extendiendo el lodo arbitraria y despreocupadamente.
-Vaya... - repitió ante el gesto de consternación de Elhéazar mientras lo miraba fijamente y se apartaba unos pasos de él como si -me dio la impresión a mi- quisiera contemplar la totalidad de su obra.
Me haía quedado a medio camino, dudando entre dejarme deslizar o no por la rugosa piel del animal, entre el asombro o la risa, la ironía o pasar desapercibido evitando que la ira de Elhéazar se volviera contra mí.
Entonces Fuego, apoyando la frente en el largo bastón en el que se sostenía, como si pudiera esconderse de su penetrante mirada detrás de aquella fina vara, estalló en carcajadas. El hechicero la evaluó severamente, se miró las manos, la volvió a mirar y, - lo que ocurrió a continuación me hizo perder el equilibrio-, se rió. Hacía mucho tiempo que no oía la risa de Eli, tanto que casi se me había olvidado como era: clara, dulce y profunda.
Intenté levantarme pero la caída me había dejado atrapado entre el barro y dos de los enormes y pesados cuellos de la hidra.
- Vaya...- musité dejando que mi risa se uniera a la suya en los ecos oscuros y verdosos del bosque.

No dejamos de reírnos hasta mucho después cuando consiguieron sacarme de allí y exhaustos nos sentamos sobre las raíces de una enorme saidcua cercana.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Ofrendas a Olvido

Era casi el amanecer y una brisa fresca impulsada por el calor sofocante de las grietas mecía las alturas de los pasillos superiores. 

Apoyado en el alféizar de un gran ventanal contemplaba la siempre súbita huida de la oscuridad con la entrada del alba, las tímidas nieves sobre el lejano Pico del Muerto que destelleaban anaranjadas en la distancia, la densa oscuridad del pantano que le rodeaba y allá, no demasiado lejos, a la izquierda, la extensa selva que custodiaba celosa en su interior la fortaleza-castillo de Nabla.

Suspiré pensativo, recordando qué asuntos me habían llevado a subir tan arriba en Alcázar de la Media Noche y me debatí unos instantes más entre la prisa que me acuciaba y la belleza que mantenía atrapada mi mirada.

Entregarme a descabelladas misiones imposibles me resultaba más fácil cuando salían de la mente de Elhelzor y no de la mía. No había tenido que pasar mucho tiempo desde su muerte para que su ausencia se revelara a plomo al tener que urdir en solitario los planes más sencillos.
Sin embargo allí estaba como una prueba evidente de que no sólo podía hacerlo, sino que no se me daba tan mal. Sólo tenía que entrar en los aposentos de Versil, coger "La Esfera de Condensación Psijética" y salir sin levantar sospechas para que todo el esfuerzo de las últimas semanas no fuera en vano. Entonces el camino para recuperar a mis amigos y ser libre estaría deslizándose rápido bajo mis pies. Sonreí ensoñadoramente mientras imaginaba la cara de Versil, ignorante a todo ello, soberbiamente confiado justo antes de la decepción final cuando...

-S'ira'kd- la voz del Ishar hizo que me diera la vuelta mecánicamente para mostrarle una dulce sonrisa congelada.- Quiero pensar que tu rapidez se debe a que al fin has aprendido a someterte a mis ordenes como corresponde...

Sin dejar que su tono de voz alterara en nada mi gesto me encogí de hombros con un sutil cabeceo que bien podía interpretarse como asentimiento. Domé la incertidumbre y el miedo que me causaron el no haber calculado aquella variable mientras evaluaba el enorme cuervo que llevaba atado a un guante de cetrería. Versil no debía estar allí, yo mismo había escuchado las órdenes que L'am'rk le había dado apenas media hora antes. No debía estar allí, sino muy lejos al otro lado del mar en busca de su oráculo.

- Bien,- dijo acariciando las plumas azuladas del animal que se movió inquieto y temeroso en su mano, haciendo sonar la cadenita que colgaba de su caperuza de cuero.- ahora tendrás tu oportunidad de demostrarlo. Tengo unos asuntos que atender y no quiero que me molesten bajo ninguna circunstancia. Permanece aquí e impide que nada ni nadie entre hasta que yo te diga lo contrario.

"O mueras" pensé mientras, esta vez sí, asentía ceremoniosamente. No fue sólo que me pareciera raro que me encargara una misión que podía haber llevado a cabo cualquier soldado de la Quinta Tribu, hubo algo en su mirada, o quizás en el graznido roto del pájaro, que me empujó a hablar.

- Si esperáis que alguien o algo en particular venga a interrumpiros creo que sería mucho más productivo que ampliarais mi información al respecto. Señor.

- Esos modales tuyos...- apenas se giró, lo suficiente para ofrecerme la más depredadora de sus sonrisas- que decepción el día que no pueda ayudar a moldearlos...

Desapareció tras la puerta dejando la amenaza en el aire y un regusto ácido en la comisura de mis labios.  Me limpié un hilillo de huidiza sangre con un suspiro y le di un largo trago a la botella de U'zj'd que lleva en el bolsillo.

No tardó mucho en aparecer, en cualquier caso mucho menos de lo que yo habría esperado. Se deslizó a través de las sombras de los ventanales que tenía enfrente, haciendo que la realidad en torno suyo vibrara en ondulaciones. Sólo un ishar que controlara sus tres formas a la perfección podía utilizar las dobleces del tiempo-espacio y llegar hasta dónde estábamos pasando por encima de las protecciones del Alcázar de la Media Noche. No me sorprendió ese poder en Everest Atalaya, sino su aspecto cansado, sus cabellos encanecidos y el parche que tapaba ahora su ojo izquierdo con una cicatriz larga que subía hasta perderse, brillante, en el cuero cabelludo.

- Everest Atalaya- casi exclamé, incapaz de disimular que pese a todo me alegraba de verlo.
-Aparta- me advirtió amenazador sin mudar el gesto sombrío, sin alzar el tono de voz y sin desviar la mirada de la puerta de doble jamba que se alzaba a mis espaldas.
- Lo siento- contesté abandonando sincero mi sonrisa- pero no puedo.

Vi como apretaba sus madíbulas un momento, meditando quizás si desenfundar las dos espadas que que asomaban a su espalda o invocar otro misterioso poder en contra mía.

-Ójala pudiera, - aventuré, en un intento de aplacar la ira que visiblemente le dominaba- pero no puedo.

Cuando me envistió apenas pude proteger la puerta a mis espaldas, desplazándonos unos metros hacia la pared cercana. Un dolor intenso en mi espalda y en mi pecho hicieron que regurgitara una sangre negra y espesa. Lo agarré entre toses mientras desplazaba mi voluntad para obtener las suficientes fuerzas para retenerlo. 

-Atalaya, esta es una buena oportunidad...- le apremié mientras volvía a golpearme contra la pared, furioso, cortando mi aliento y mis palabras- no la desperdiciemos.
-Una buena oportunidad... ¿Para qué?¿Para quién?¿Para tu provecho?- con cada pregunta aumentaba su presión y hacía que el dolor se me subiera a la cabeza con descargas electrificantes. Cerré los ojos y me contraje en un esfuerzo por controlar la sobrecarga de poder que me alimentaba. 
- Para hablar...- sonreí conciliador antes de atreverme a susurrar de nuevo- ... yo también quiero liberarme.
- Si Fuego está atrapada es por vuestra culpa.-Mascuyó- Era nuestra esperanza, la muerte no sería suficiente castigo para ti.

Negué con la cabeza, contento de haber llamado su atención y de no estar quitándonos la piel a tiras y destruyendo el pasillo en nuestra lucha.

-No mi culpa, Versil.-Tragué un poco de mi propia sangre.- También quiero liberarla. Ayúdame, Atalaya.- Lo agarraba con fuerza, ansioso, casi sacudiéndolo, vibrando ante el deseo de la posibilidad.-Con tu ayuda...

Me golpeó con tanta furia contra la pared que esta vez sentí la piedra quebrarse junto con mis huesos.

-¡No lo entiendes!- la frustración y el dolor de sus mirada me dejaron sin aliento: había lágrimas en sus ojos grises, amargas y desesperadas lágrimas.- No hay remedio para una obliteración. No hay cura posible.


domingo, 29 de mayo de 2011

Selgblezglze

Agotado me dejé caer entre los escombros de la hermosa ciudad de Gaardbla.
Con los ojos aun cerrados sentí que mi enemigo intentaba encontrar cualquier pequeño indicio de poder que me delatara, allá arriba, sobre la nube de polvo y cenizas que había levantado el violento impacto de mi espalda contra el suelo; pero el dolor que inundaba aquel mundo al borde de la extinción le confundía tanto como despertaba en mí todos los sentidos. Me sequé las lágrimas del horror y el cansancio con el dorso de la mano mientras intentaba incorporarme de la tierra quebrada.
Un hermoso templo de altas columnas se había alzado allí una vez: Espirales de lava reptaban en el interior de la cavernosa cúpula por las paredes y las columnas retorcidas, moldeando lentamente sus formas en un cambio constante de reflejos rojizos y suerte de cristales; metálicos tapices adornaban el suelo y las cóncavas paredes por donde de vez en cuando se volvía a filtrar un goteo de luminosa piedra y derretida dando origen a una nueva columna o pilar alargado. No era necesario altar alguno para los que el mejor lugar de sacrificios es su propia carne cuando tienden la mano hacia fuego líquido o moldean metal fundido con su aliento...
Pero todo se había quedado reducido a una amalgama de lagunas hirvientes y masas deformes que se retorcían sin orden ni concierto. Ya no se oían el canto de los sacerdotes preparándose para el ritual del fuego, ni las alegres voces de las jóvenes entrenando fuera, en los jardines, ansiosas por enfrentarse a su primera serpiente de lava y domarla para alcanzar la cima del volcán. Sólo la iquietante sentencia del burbujeo de piedra y el gemido del geiser repentino y ahogado como una expiración.
Era mi culpa.
Nunca debí haber llegado a aquel precioso mundo donde hasta la más inofensiva flor conocía el tacto de la llama y el resplandor de su nombre.
Un sollozo casi inaudible se escabulló entre el polvo y las cenizas que ya comenzaban a disiparse: Llamándome, tiñendo de realidad mis mezquinas lamentaciones: busqué entre las sombras de la destrucción aquel hermoso y condenado llanto.
Era apenas una silueta oscura y acurrucada bajo la forzada reverencia de un muro que se agarraba protector a las últimas ruinas de un pilar orgulloso y truncado. Tiritaba silenciosa, abrazándose a lo único seguro que le quedaba, sus pequeñas piernas magulladas y el consolador sueño del cansancio.
No se percató de mi presencia hasta que me arrodillé a su lado para limpiar su ardiente llanto con el reverso preocupado de mi mano. No se asustó, quizás porque ya nada podía asustarla. Sólo levantó resignada la mirada a mis ojos y aceptó la caricia manteniendo mi mano junto a su rostro, con las suyas tan pequeñas, casi diminutas.
Algo dijo, en aquella lengua llena de balbuceos y cadencias siseantes, una pregunta, quizás un ruego, con los ojos cerrados complacida de la presencia y el tacto de mis yemas. Luego abrió sus ojos para mirarme de nuevo, casi solemne -demasiado para una niña tan pequeña-, antes de pasar sus brazos entorno a mi cuello. Me quedé muy quieto, un momento, sorprendido y luego me abandoné a la blandura infinita de su abrazo, al la infinita calidez de su pequeño cuerpo contra el mío.
- ¿Quieres venir conmigo?- pregunté tímido, con un susurro. Se acurrucó entre mis brazos y mi pecho, a modo de respuesta; y la alcé en volandas, firme, nunca tan decidido a sobrevivir y abandonar aquel mundo que temblaba con postreros estertores.
La sombra de mi enemigo, precipitándose veloz hacia nosotros, destelló en lo alto, violenta y fugaz. Cerré los ojos y me deje llevar por el deseo de otro lugar, donde una brisa fresca saludaba a la noche trayendo el olor húmedo de los castaños y las alegres luces de la posada entrelazaban conversaciones entre los baldosines blancos de la plaza.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Razias

Cerré los ojos con fuerza en un intento de negarme el despertar.
Mi espalda y mi cabeza sentían la superficie dura y lisa ensalzada por el peso de mi cuerpo aterido de frío. Mis manos sobre el pecho contaban la elevación del aire fresco y profundo en la inspiración de mis pulmones. Un sonido de baile de hojas me rodeaba y mis piernas y costado sentían en los jirones y rotos de mis ropas los besos del viento.
Lentamente relajé mis párpados, el frío de mis músculos, el presentimiento agarrado a mi pecho y acepté la realidad antes de verla: no estaba en casa.
Sobre mí unos altos árboles de hojarasca oscura apuntaban un cielo de gris oscurecido: los retazos de una constelación brillante y roja se asomaban al círculo de copas.
Me incorporé casi con timidez para ver los plateados troncos de vetas moradas y suspiré al comprobar que la hierba seguía siendo verde.
- ¡Has venido! -dijo una voz reverencial a mis espaldas y me giré mitad sorprendido mitad asustado para contemplar el hermoso rostro difuminado de una joven.- Mi señor...
La observé asustado del significado de sus palabras y me bajé de la piedra en la que me hallaba poniéndola entre ambos.
- ¡Os he rogado tanto, mi Señor! ¡Tantas veces! Aquí mismo, tantas ofrendas...
Miré la piedra que sus manos señalaban, la que había velado mi sueño, la que me había traído desde el fragor de la batalla o la inconsciencia: Un altar, un humilde altar, tan sólo una piedra apenas labrada, apenas inscrita.
- ¿He.. errado en algo...? -preguntó temerosa al tiempo que se postraba ante mi gesto negado.
- No.. yo.. no soy quien tu piensas... Lo siento.- Atiné a decir antes de salir corriendo.
- ¡Esperad! ¡Mi señor! ¡Os lo suplico! ¡Oh Ilkaan Al Shaar! ¡Señor del Dolor Hijo del Deseo!
Me quedé helado, incapaz de avanzar, sintiendo el latido oscuro en mi pecho y lágrimas ardientes llagando mis mejillas.
- Ilkaan Al Shaar. -repitió firme la hechicera y deseé que no lo hiciera una vez más.- tuyo es el derecho de no atender los ruegos, mío el de proponerlos, escuchadlos al menos, os lo suplico.
Mi voluntad pudo ante la suya y avancé unos pasos hacia ninguna parte.
- ¡Ilkaan Al Shaar! -se alzó su voz en aquella noche gris, de plata y verde. Y mi ser se giró resignado al comprender la crueldad inevitable de los dioses.
Había avanzado hasta darle la espalda al altar y con los brazos abiertos invocaba mi nombre, como si de un dios se tratara.
- ¡Toma de mi dolor tu fuerza y procrea entre mis enemigos, cómete sus corazones, báñate con su sangre, escupe en su descendencia!¡Te serviré hasta haber muerto tres veces en tres mundos diferentes!
- ¡No!- quise gritar al ver las imágenes de los suplicios rodando ante mi como un vaticinio. Pero no dije nada, avancé sereno, satisfecho, complacido, deseoso "no..." de sangre, de aquella sangre, de aquel dolor y de aquellas muertes. La tome entre mis brazos horrorizado al hacerlo "no..." sonriendo y besé sus labios con mi dolor "no..." entero aterrorizado al sentir su placentera "no..." sangre lamiendo mis dientes.

- ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!- Gritaba sin intención de dejar de hacerlo.
- ¡Haz que se callé o lo callaré yo para siempre! -se encadenó una voz ronca y desagradable entre mis interjecciones.
- ¡S'ira'kd! ¡S'ira'kd!- la voz de Elheazar me zarandeaba con fuerza al otro lado de los brazos que me agarraban- ¡Despiertate! ¡S'ira'kd!
Me incorporé de un salto mirándolos a todos con fiereza y desconfianza en mitad de la tienda de campaña. El ruido de los lastimeros quejidos del resto de los heridos, los hombres que jugaban al Og'jó fuera y las armaduras de una guardia al pasar se clavaron en mis carnes junto con las heridas aún no cicatrizadas de la última batalla.
- Un mal sueño.. ¿eh?- ronroneó estridente la voz del matasanos que sonreía al ver como me doblaba.
Elheazar me pasó una mano por debajo del brazo para ayudarme a volver a la cama, sus ojos brillaron de complicidad y preocupación tan sólo un instante.
- Una espada y una lanza bendecidas... -musitó conociendo mi inconsciencia-... las tengo conmigo, sanarás.
Pero no era eso lo que me preocupaba y me tumbé en la cama vigilando al matasanos de la tienda alejarse para hacer sufrir a otro enfermo.
- Alimentate. Lo necesitas.
Asentí incapaz de relajarme lo suficiente para hacer lo que el me pedía con el debido cuidado: Aún sentía deslizarse el sabor de la promesa por mi lengua.
Elheazar había vuelto a abrir el libro de pastas duras y pergamino ajado y posaba allí su mirada ignorando el mundo que palpitaba entorno suyo. Sonreí pensando en lo tonto de mis pesadillas en la firmeza de aquella mirada y en la poca importancia que tenían lejanos universos: En la tranquilidad de la enfermería descansaría un poco, saciaría mi hambre, que bien me lo había ganado, y luego beberíamos licor de patata lejos de aquellas razias mientras contábamos el botín y los planes.
- Te disipaste, un parpadeo apenas. -las palabras de Elheazar cortaron mis pensamientos con su murmullo, con su calculada y fría mirada aún prendida de la rígida piel de las letras.

martes, 17 de noviembre de 2009

Estirpe

-¡Eli?- mi voz infantil se perdió en ecos por la entrada de la cueva. Me quedé allí un momento sintiendo el frío húmedo que emanaba del interior.
-¡Eli?- volví a llamar una vez más, algo temeroso.
Miré en rededor, el viento agitaba mimoso las altas copas de los árboles y el sol se alzaba alto sobre el bosque y las tierras de labrío. Lejos: el pueblo, el templo y la voz aburrida del sacerdote instruyendo a los novicios.
Un aire húmedo y frío salió de lo oscuro, denso como el limo verde que habitaba en las paredes de su hogar o verdinegro como el que recubría el suelo de la entrada.
Miré con la duda flotando en el despeinado negro de mi pelo los ya nunca blancos bajos de la túnica que me quedaba algo grande, restos de mi pequeña excursión por el bosque, y luego, la oscuridad pegajosa de la cueva.
"mejor volvamos"- me dije a mi mismo- "Eli no está aquí y las huellas que hemos visto son... otras huellas. Seguro que él también se ha retrasado y te está esperando."
Pero un acariciador murmullo surgió entonces del interior como una invitación oscura que olvidó mi mano cubierta de limo sobre mi blanca túnica y giró mi cuerpo tierra a dentro, entre aquellas sombras húmedas y frías.
Luego, mentiría diciendo que pensé que era Eli quien me llamaba pero siempre supe que era otra cosa lo que me invocaba desde las profundidades.
Me adentré sigiloso levantándome los bajos de la túnica, andando de puntillas con mis gastadas y pequeñas botas. No reparé en lo oscuro, ni en qué monstruos podían anidar en los recovecos de los túneles, ni en cuan encantador y quebrado era el canto que me guiaba, porque cuando quise darme cuenta el corredor se aclaró tenuemente y se ensanchó a la débil luz de un fuego casi apagado.
En medio de la caverna, con los brazos extendidos un hombre recitaba el murmullo que me había llevado hasta allí y habría seguido avanzando si un lastimero sollozo no me hubiera detenido a medio camino, entre el final del túnel y el lastimero multo que tiritaba a los pies del invocador. Miré allí sintiendo el dolor que surgía del llanto en oleadas como algo mío, casi tangible. Otro paso más para contemplar la sombra que agazapada sobre él comenzaba a poseerlo como alimaña oscura y cruel dejando caer las babas del miedo sobre sobre su presa moribunda. Levantó su cuerpo del hambre un momento para mirarme y me habló con una voz de gorgéos sibilinos: agradecido por dar cuenta de la trampa, me regalaba su presa. Sus respetuosas palabras quedaron palpitando en mi piel mucho después de que saltara como huido hacía una grieta de noche que desapareció con su risa.
Mi corazón latía con fuerza, mis manos se levantaron hacía aquel abismo y el aire fue demasiado denso para mis pulmones. Aun asó lo llamé por su nombre verdadero sabiendo muy dentro de mi que ya estaba demasiado lejos para escucharlo. Quise seguirle, continuar aquella conversación a medias, hacer preguntas, pero unas fuertes manos me sujetaban.
- ¿A dónde crees que vas?- la altura del brujo me dominaba y volví el gesto del anhelo al súbito terror.-¡Por Isheeroon! ¿Quién tenemos aquí!- me zarandeó riéndose complacido de su suerte, cruel de inspiraciones.- El mismísimo hijo de Alhäarzira: El último traidor.
Me golpeó brutalmente antes si quiera que pudiera pensar en defenderme y lo siguió haciendo hasta que fui un ovillo medio inconsciente a sus pies. Apenas me quejé cuando el dolor de sus golpes creció en mi despertando la dormida Sed y el sabor de mi propia sangre bajó por mi garganta con un gorgeo inaudible. Sólo pensaba en sus extrañas palabras y en mi madre, despreocupada, tendiendo la ropa bajo la luz del patio interior de nuestra casa.
Sentí que me arrastraba, su risa perdiéndose en ecos entre el tapiz verdoso de las paredes.
-¡Abre los ojos!- me ordenó mientras me alzaba del suelo, agarrándome por el pelo. Lo miré con los ojos llenos de lágrimas negándome a deshacerme en inútiles palabras. Rió. - No me esperaba menos de ti. Así calladito me ahorraras las drogas.
Su daga destelleó fugaz en mis pupilas antes de saciarse con la sangre de mis entrañas. Caí sobre el cuerpo aun con vida de otro niño. Sollozó a mi lado mientras me retorcía intentando mantener la sangre dentro de la herida.
- ¿De qué conoces a mi madre?- balbuceé tontamente al fin, tras recobrarme un poco, poniéndome de rodillas.
Pero él solo rió.
- Tienes aguante ¿eh?... mejor nos lo pasaremos.
Entre la neblina del mareo sentí la mano de mi compañera de suplicio asirse a mi túnica y la miré. Era sólo una niña como yo con el pelo rubio y largo esparcido sobre el verdirojo colchón del suelo, y los ojos entreabiertos a la muerte. Me sonrió levemente, desde las últimas brumas de la droga y las primeras del valle del silencio. Sus labios se movieron sin sonido pero mi mano sobre la suya entendió cual era su deseo.
Y yo sólo podía recordar una oración y estaba convencido que no era a ningún Dios de luminosos mundos.
Comencé débilmente a recitarla mientras la quebrada voz del hombre tejía su hechizo con nuestra sangre. Cada palabra pronunciada me hacía estremecer, golpeando fuertemente dentro de mis sienes hasta que en el último silencio el rostro dormido de mi compañera no fue más que una mancha borrosa y sin sentido.

Una blanda y cálida mano me sostuvo antes de tocar el suelo.

- ¡Imaar!¡Imaar!¡Imaar!
Desperté para ver el gesto de preocupación de Eli que me sacudía. Lo abracé llorando. Su liso y suave pelo acariciando mi mejilla.
-Menos mal que estás aquí he tenido una pesadilla horrible.
Sus brazos me rodearon cálidos, levantándome con él, estirando el silencio de sus labios.
- Lo siento Imaar.- me susurró firme.- Me temo que no ha sido una pesadilla.

lunes, 31 de agosto de 2009

Alianzas

La luz rojiza de la lava sobre la que surgía el Alcazar de la Media Noche entraba por la ventana de mis aposentos donde tenía perdida la mirada.
Hacía horas que el día se había rendido para permitir que aquel hermoso resplandor cobrara la intensidad tenue de las tinieblas sobre nuestros cuerpos.
Hacía horas que estaba allí tendido, apenas sin moverme, junto al cuerpo dormido de Dédira que me abrazaba y tanteaba mi cuello con su aliento, olvidando cuánto me detestaba.
Alguien llamó tres veces a la puerta. Fueron los tres golpes quedos de un interrogante.
Me levanté apartando cuidadosamente el cuerpo de mi aprendiz que ocupó con un quejido el espacio que dejaba y agarré a mi pasó la túnica negra que había dejado tirada sobre una silla. Cuando abrí aún tenía la ropa a medio abrochar y el dulce calor escapando de mi piel.
- ¿Si? - miré inquisitivamente a la figura oscura que me observaba desde el interior de una capucha verdinegra. A cualquier otro le habría recorrido un escalofrío ante aquella imitación de quien respira, yo sólo pude sentir un atisbo de curiosidad.
- Nabla aceptará encontrarse contigo.- siseo gangosamente el ser en un frío susurro.
- Dime el lugar.- le ordené mientras miraba de reojo a ambos lados del pasillo asegurándome que nadie nos veía.
- Pantano de Laar' Sik en el Templo.
- Dile a Nabla que allí estaré.
El ser asintió respetuoso y desapareció como líquida sombra entre los baldosines del suelo.
Pensativo cerré la puerta y me volví con la intención de terminar de vestirme y preparar las cosas para mi partida.
Dédira sentada en la cama, somnolienta, me miraba.
- ¿Te vas?- me agaché a recoger su ropa del suelo para colocarla en el respaldo de la silla del escritorio, disimulando mi sorpresa ante el tuteo.
- Si... - la miré sonriendo cálidamente.- Poco a poco todos los cabos van quedando atados.
Ella no sonrió, siguió mirándome fijamente con aquellos ojos duros y evaluadores.
- ¿Quieres que me vaya a casa?
- ¿Quieres irte?- tanteé, sabiendo que aquello podía terminar en una agotadora discusión en la que yo le "obligaba" a hacer lo que ella realmente quería hacer.
Frunció el entrecejo y espere mientras el silencio tensaba las palabras.
- No. -negó con la cabeza, cansada.
- Haz lo que quieras, entonces,...- me había quedado allí quieto paralizado, entre sorprendido y esperanzado, intentando no dejarme llevar por el optimismo.
- ... y si... - dudó y yo no pude soportarlo más y me acerqué a ella rascándome la cabeza, intentando no sonreír.
- ¿Y si...? - me senté en la cama cerca de ella. Nos observábamos, midiendo las distancias que ella siempre se había esforzado por mantener y yo por suprimir. Sus palabras parecían haber muerto definitivamente en su boca.
- Dédira... - comencé. Apretó los labios orgullosa.
-¿Y si quiero quedarme contigo y ayudarte, y si es eso lo que quiero, participar de tus planes?- me cortó altiva y desnuda entre las sábanas y las sombras rojas de la habitación.
La evalué largamente dejando que mil preguntas pasaran por delante de mis ojos, sin darles apenas importancia. Suspiré cansado y me encogí de hombros: le sonreí.
- Bueno pues entonces tendrás que vestirte y prepararte para una pequeña excursión.- reí finalmente ante la seriedad de su gesto.
- ¿Pero me vas a contar de que van o no? A lo mejor puedo ayudarte.
Me levanté aun divertido y le tendí la ropa. Mis ojos debían de brillar provocadores y expectantes porque rehuyó mi mirada antes alargar la mano para cogerla.
- Vamos, te lo contaré por el camino.

domingo, 2 de agosto de 2009

Urgul, El Guardián del Tiempo

Era un oscuro día de principios de otoño y una fina y densa llovizna de seda caía sobre la ciudad.
Me pareció hermosa bajo el sombrío velo de las aguas.
Los baldosines blancos de la plaza brillaban a cada gota con una melodía intermitente y la alta figura de la torre de la posada sumergía su mirada en el cielo gris.
Avancé casi sin sentir la humedad traspasar mis ropajes, simplemente disfrutando de sus frescas manos sobre mi rostro y me detuve en medio de la plaza. En frente, la sombra de las antiguas ruinas brujas se alzaba siniestra sobre las vigilantes murallas del cuartel y un laberinto de retorcidas calles me invitaba a perderme a mi izquierda.
La mano de Elhéazar se posó sobre mi hombro amistosa y reconfortante, y cuando me giré lo hice para encontrarme con sus ojos oscuros sonriendo debajo de la lluvia.
- ¿Podrás resistir la tentación y acompañarme a asegurarnos un lugar donde dormir o me abandonarás inmediatamente en busca de tu libertad?- ya entonces leía en mi como en un libro abierto y sus acertadas palabras crearon un eco de risa en la tormenta.
- Te acompañaré- dije dirigiéndole una ambiciosa mirada a la ciudad.- y luego te arrastraré fuera de la posada para que aprehendamos juntos nuestro nuevo hogar.
Recuerdo que sonrió triste, como siempre viendo mucho más lejos que mi propia maldición, y negó con la cabeza antes de suspirar invitándome con un gesto tácito a que le siguiera.

viernes, 31 de julio de 2009

Yo

Mi nombre es Ilkaan Al Shaar.
Príncipe de los malditos.
Duque del Infierno.
Hijo del Deseo...
del deseo peor de todos los deseos.